Son las seis y treinta de la mañana de uno de los días de fin de semana, o inclusive de algún día feriado y la alarma nos indica que es hora de levantarse con todo el sigilo del caso pues, algún miembro de la familia continuará durmiendo por lo menos unas dos horas más. Acto seguido procedemos a buscar un traje especial de esos que llenan de admiración solo de verlos y ni se diga de llevarlos puestos ya que, la sola imagen que proyecta inunda el entorno de protección elevando el ego y la felicidad interior de quienes hemos tenido la suerte de usarlo.
Una vez terminado el proceso de vestimenta, derivamos a alistar a nuestro caballito de acero haciendo una revisión exhaustiva teniendo la precaución de que todo se encuentre en orden y que dicho instrumento no cuente con inconveniente alguno para que nos permita una vez más llevarnos a un mundo lleno de adrenalina y aventura.
Acto seguido protegemos nuestra cabeza colocándonos un casco que nos aísla completamente del mundo exterior, le damos volumen a nuestro aparato electrónico y los audífonos colaboran para que esta abstracción tome más fuerza y nos lleve a un viaje de simbiosis única entre el jinete y su instrumento mágico. Realizamos un viaje relativamente corto con emoción y ansias hasta llegar a encontrarnos con algún grupo de amigos que sin dudar, vive condiciones muy similares a las descritas y que permiten que esta experiencia se la pueda realizar en camaradería y apoyo mutuo.
Luego de una breve explicación de la ruta a seguir, podemos escuchar como todo el equipo en un solo rugido inicia la aventura tan esperada y planificada inclusive con varios días de anticipación. Basta con poner los dos pies en los estribos para que automáticamente nos desconectemos del entorno y armemos una conexión única entre máquina y hombre, tipo de las que podíamos observar en alguna película cuando, el llanero entablaba conexión sensorial con su Direhorse formando un solo cuerpo sólido e inseparable.
Ni que hablar de las experiencias vividas en el trayecto recorrido, y es que el fin no es el punto más lejano del trazado, el verdadero contenido de la experiencia se lo experimenta durante toda la travesía recorrida hasta llegar a algún punto específico determinado, aquí no cuenta el a dónde vamos, sino el por dónde nos fuimos.
De vez en cuando podemos levantar el visor del casco para sentir cómo vamos flotando por el ambiente con el viento pegándonos directamente en la cara, sensación que nos recuerda que estamos aún vivos y que experiencias como las únicas e indescriptibles están al alcance de cualquier persona que se decida a formar parte de estas exquisitas actividades.
La relación humano y máquina ha permitido que las personas podamos descubrir lugares insospechados, encontrar camaradería con perfectos desconocidos, casi de seguro que ha liberado del estrés laboral, o simplemente nos permitió experimentar una vez más la fantástica e indescriptible sensación de haber vivido una vez más una aventura espectacular. Más, de vez en cuando, por situaciones que posiblemente no queríamos que se presenten, debemos decir adiós caballito de acero, esperando volvernos a encontrar en un futuro muy cercano.
Marco Piedra.